Está claro que la relevancia del petróleo y del gas natural es real.
Hoy por hoy, estamos hablando de productos vitales para el funcionamiento del mundo.
Pero no abundan, están limitados, aunque algunos países se empeñen en hacer creer que si abundan y que no hace falta el control de su producción y uso, porque sus reservas, quieren hacer pensar que, son ilimitadas.
En la parte contraria existen otro grupo de países que distorsionan la relevancia del petróleo y del gas natural, premeditadamente.Tenemos un ejemplo cercano en la reunión de la cumbre del G20 en Hamburgo (Alemania). El analista Peter Koening, en un artículo publicado en Global Research explica que el presidente de los Estados Unidos, Mr. Trump, prometió que Estados Unidos podría en un futuro abastecer de hidrocarburos a algunos países europeos.
El comentario pretende, según Trump,evitar la dependencia de países occidentales de países enemigos a Occidente, como Rusia.Koening, trata de sicópatas tanto a Trump como a los representantes de los países europeos, de Australia y de Canadá, a los que considera vasallos por el simple hecho de estar alineados con Estados Unidos.
También comenta que nadie del G20 preguntó a Trump de donde pensaba sacar los hidrocarburos prometidos para abastecer a parte de Europa.
Y para colmo, las aseveraciones del presidente de los EEUU son repetidas por muchos medios de comunicación, algunos de ellos bastante críticos con el imperialismo occidental.
Aunque es cierto que Estados Unidos cuenta con 130 refinerías y que exporta combustible refinado por un total de 68.000 mil millones de dólares, es falso que lo pueda hacer sin importar crudo. Estados Unidos depende del de otros países de los que importa más de 10 millones de barriles diarios. Produce 9,3 millones de barriles diarios de crudo y consume 19,5 millones de barriles diarios.
El petróleo y el gas natural que Estados Unidos produce va disminuyendo sus reservas día a día, tanto es así que se estima que en 10 años podría quedar en desuso el oleoducto que atraviesa el estado de Alaska de norte a sur, en donde en 1988 se producían 2 millones de barriles diarios y hoy no se llega a los 500.000.
También hay que tener en cuenta que 5,5 millones de barriles diarios, más de la mitad de la producción total, proceden del crudo de esquisto, proceso muy costoso y de extremado riesgo medioambiental, impulsado precisamente para limitar la dependencia de Estados Unidos de abastecedores extranjeros.
El primer proveedor de crudo de Estados Unidos es Canadá, país que ocupa el séptimo puesto de la producción mundial con 3,8 millones de barriles diarios, de los que 3 millones son exportados a Estados Unidos.

Los demás proveedores son Arabia Saudí, Venezuela y México.Vivimos en un mundo que produce alrededor de 93 millones de barriles diarios, y todos ellos se consumen, al margen de en la producción de energía eléctrica, en el transporte, la industria química, la agricultura o la minería.
Estamos en una sociedad que posiblemente nunca llegue a ser independiente del petróleo, porque las protecciones legales al medio ambiente son débiles, los ecosistemas muy vulnerables, y la posibilidad de generación de dinero a partir de la obtención de hidrocarburos, total.
Y con este panorama, en reuniones como la del G20 se dedican a plantear disparates, como el de Trump, en lugar de planificar un mundo en el que se intente consumir menos gas natural y menos petróleo, que sin duda, tienen sus reservas limitadas y que se extinguirán en un futuro no muy lejano, afectando muy severamente a la civilización que hoy conocemos, que depende completamente de los hidrocarburos para su funcionamiento diario.
Con esta realidad, ¿debe Occidente plantearse ser enemigo de países con gran potencial de producción de petróleo y gas natural como Rusia, Irán, y Venezuela?¡NO¡ ¡Que equivocación!
Referencia
El petróleo y el gas como columna vertebral del transporte y la industria
No es exagerado afirmar que, sin estos hidrocarburos, la economía mundial se detendría en cuestión de días. El transporte marítimo, aéreo y terrestre depende casi por completo de derivados del petróleo, mientras que el gas natural alimenta buena parte de la generación eléctrica y de los procesos industriales de alta temperatura. Aunque se habla constantemente de alternativas, la realidad es que más del 80% de la energía primaria consumida en el planeta sigue proviniendo de combustibles fósiles, con el petróleo y el gas a la cabeza.
Los sectores petroquímico y siderúrgico, por ejemplo, requieren enormes cantidades de gas natural como materia prima y como fuente de calor. La producción de fertilizantes, plásticos, disolventes y fibras sintéticas no existiría en la escala actual sin el gas. Por eso, cuando un país pierde acceso al suministro de estos recursos, no solo suben los precios en el surtidor: se encarecen los alimentos, los medicamentos, los materiales de construcción y prácticamente todos los bienes de consumo.
- El transporte por carretera consume más de la mitad del petróleo mundial.
- El gas natural representa cerca de una cuarta parte de la energía primaria global.
- La industria química utiliza el gas como materia prima para más del 70% de los plásticos.
Los usos no energéticos que pasan desapercibidos
Muchas personas asocian el petróleo únicamente con la gasolina o el diésel, pero su importancia va mucho más allá del tanque de combustible. El asfalto de las carreteras, los lubricantes de maquinaria, las parafinas de velas y cosméticos, los disolventes industriales y hasta el recubrimiento de pastillas y envases farmacéuticos proceden del crudo. Si se produjera un corte drástico de suministro, los efectos se notarían en los hospitales, en la construcción y en la logística de alimentos, no solo en las estaciones de servicio.
El gas natural, por su parte, tiene aplicaciones que suelen quedar fuera del debate público. Se emplea en la obtención de hidrógeno, en sistemas de climatización, en la fabricación de vidrio y cerámica, y como combustible en centrales de ciclo combinado que equilibran la red eléctrica cuando fallan las renovables. Reducir la dependencia de estos usos no energéticos es un desafío técnico mayor que sustituir un automóvil por uno eléctrico, y rara vez aparece en los discursos de los mandatarios.
El impacto ambiental y la contradicción de las políticas oficiales
Resulta curioso cómo los mismos gobiernos que firman acuerdos climáticos siguen otorgando miles de millones en subsidios a la exploración y producción de petróleo y gas. Las emisiones de dióxido de carbono, metano y óxidos de nitrógeno asociadas a estos hidrocarburos están bien documentadas, pero la demanda no deja de crecer en las regiones en desarrollo. El metano que se escapa durante la extracción y el transporte del gas natural es especialmente preocupante, porque su potencial de calentamiento a corto plazo supera con creces al del CO₂.
No se trata de negar la necesidad de reducir emisiones, sino de señalar la hipocresía de quienes presentan el gas natural como un combustible inocuo o de transición sin aplicar controles estrictos. Mientras los países ricos tercerizan su consumo y culpan a los productores, las emisiones siguen aumentando. La relevancia del petróleo y del gas no debería ser excusa para aplazar las inversiones en eficiencia energética, pero tampoco se puede ignorar que una transición mal planificada castigaría primero a los hogares con menos recursos.
El control de las reservas y la disputa por las rutas de suministro
La localización de los yacimientos convierte al petróleo y al gas en instrumentos de poder. Oriente Medio, Rusia, Venezuela y el Ártico concentran una parte desproporcionada de las reservas probadas, mientras que los grandes consumidores, como Europa y China, dependen de gasoductos y rutas marítimas vulnerables. Cada crisis en el estrecho de Ormuz, en el canal de Suez o en los gasoductos que cruzan Ucrania dispara los precios y recuerda que la geografía manda más que los discursos.
El auge del gas natural licuado ha cambiado parcialmente el mapa, porque permite enviar el recurso por barco y romper la rigidez de los gasoductos. Sin embargo, las plantas de licuefacción y regasificación requieren inversiones colosales y años de construcción, por lo que la dependencia de unos pocos proveedores no desaparece de la noche a la mañana. Quien controla esas infraestructuras, controla también la llave del suministro y puede imponer condiciones políticas que van mucho más allá del precio del gas.
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En Argentina y Brasil se utiliza el biodiesel como combustible alternativo en la industria…pero realmente emite menos CO2 que el diesel convencional, y si es así por qué no se generaliza su uso?, en éstos países ya hay importantes plantas que generan éste combustible; si de verdad es menos contaminante, no estaríamos en presencia del combustible del futuro?, ya que las destilerías actuales de petróleo se podrían reutilizar y los vehículos no necesitarían grandes modificaciones…hay demasiada presión de parte de los empresarios petroleros para que no se desarrolle…? Espero vuestros comentarios. Muchas gracias.
Que buena está información