¿Es ecológica la energía nuclear?

energia nuclear

Dejemos el debate nuclear y del gas para los franceses y alemanes, que son los que tienen un grave problema.

Se ha desatado una gran polémica con la filtración del borrador de la Comisión Europea donde se califica como verde a la energía nuclear y el gas. Por todos es sabido como la energía nuclear genera residuos radiactivos de vida infinita. Además, las nuevas centrales nucleares producen la electricidad cuatro veces más cara que la eólica y la solar. Y si hablamos del gas, no nos parece demasiado sostenible generar electricidad quemando un combustible fósil con emisiones contaminantes.

Sabemos que la Comisión Europea no lo tiene fácil tratando de adaptar la transición energética a la nueva realidad tras la crisis del gas del año pasado. Por lo tanto, el objetivo es doble: reducir las emisiones con el menor coste social posible. La toma de decisiones es especialmente compleja en Europa y así hay que valorar la proposición de la Comisión. La mayor parte de su electricidad francesa se produce con energía nuclear. Macron se ha comprometido a priorizar la inversión en renovables pero, sin duda, su transición es complicada y lenta. Alemania, a pesar de su imagen de país verde, es el país de Europa con más emisiones contaminantes, pues sigue produciendo electricidad principalmente con carbón. El movimiento verde alemán en su origen fue pacifista y antinuclear y está cerrando sus centrales. Pero aún necesitan del gas para sustituir el carbón. Razón por la que la presidenta alemana de la Comisión incorpora el gas como energía verde, aunque es bien sabido que no lo es.

La situación de España

La situación de España es bien diferente. La inversión en gas ya la tiene resuelta. Y sobre la nuclear, sale caro construir nuevas centrales nucleares. Pero no debemos distraernos en este debate que por suerte no afecta a nuestro país. El Plan del Gobierno y los planes estratégicos del sector privado coinciden en priorizar la inversión en la próxima década en energía solar y eólica, las menos contaminantes y las más baratas y competitivas. También en centrales de bombeo para usar la energía hidráulica como respaldo de las renovables. Y se habla del hidrógeno verde, pero esta es aún una tecnología cara y por desarrollar.

Iberdrola es líder mundial en energía eólica, lo que ha permitido un intenso desarrollo industrial y tecnológico con mucho empleo y altos salarios. La tecnología solar es importada, pero también generará mucho empleo. Sería interesante mejorar nuestra regulación y aprovechar los fondos europeos para cumplir nuestro plan. Y, lo más importante, dejemos el debate nuclear y del gas para los franceses y alemanes que son los que tienen un grave problema.

La gestión de los residuos radiactivos sigue sin resolverse

El principal escollo ecológico de la energía nuclear no está en la chimenea, sino en lo que queda después. Cada reactor genera anualmente toneladas de combustible gastado que permanece peligroso durante miles e incluso millones de años. En España, el combustible usado se almacena primero en piscinas dentro de las propias centrales y después en almacenes temporales individualizados, una solución que se pensó provisional pero que se ha convertido en permanente ante la falta de un almacén geológico profundo.

El coste de vigilar y mantener estos residuos recae sobre las generaciones futuras. La empresa pública Enresa calcula que la gestión del combustible gastado y el desmantelamiento de las centrales superará los 20.000 millones de euros, una cifra que no siempre aparece en las comparaciones con la eólica o la solar. Además, ningún país del mundo ha puesto en marcha todavía un almacén geológico profundo para residuos de alta actividad: Finlandia es el más avanzado, pero ni siquiera allí está operativo al cien por cien.

  • Residuos de alta actividad: emiten calor y radiación durante más de 100.000 años.
  • Residuos de media y baja actividad: se almacenan en El Cabril, pero también requieren vigilancia.
  • Desmantelamiento: una central no se desmonta en una década; los plazos reales superan los 20 años.

Mientras tanto, cada década se acumulan más toneladas de material radiactivo sin una solución definitiva, lo que convierte a la nuclear en una tecnología que traslada el problema a quienes no han decidido construirla.

Costes, plazos y sobrecostes: la nuclear no es barata

Los defensores de la energía nuclear suelen hablar de costes competitivos, pero la realidad de las nuevas centrales es tozuda. Los proyectos de tercera generación en Europa y Estados Unidos acumulan retrasos de diez o más años y sobrecostes que multiplican por dos o tres el presupuesto inicial. El reactor de Flamanville, en Francia, empezó a construirse en 2007 con un coste estimado de 3.300 millones de euros; hoy se acerca a los 13.000 millones y todavía no ha entrado en operación comercial. Olkiluoto, en Finlandia, tardó 18 años en conectarse a la red.

A esto hay que sumar los costes de financiación, seguros y gestión de residuos que no asumen íntegramente las eléctricas. Si se internalizaran todos los riesgos, la electricidad nuclear sería aún más cara. Por eso la Comisión Europea ha tenido que forzar la definición de inversión verde para que la nuclear y el gas puedan acceder a financiación en condiciones ventajosas, algo que no necesitan la eólica y la solar fotovoltaica, cuyos costes han caído más del 80% en la última década.

En España, el parque nuclear actual se construyó en los años ochenta con fuertes ayudas públicas y tarifas reguladas. Las centrales ya están amortizadas, lo que hace que su electricidad parezca barata hoy, pero prolongar su vida más allá de los 40 o 50 años exige inversiones millonarias en seguridad y mantenimiento que también acaban pagando los consumidores.

Seguridad y accidentes: un riesgo que no desaparece

La industria nuclear presume de un historial de seguridad aceptable, pero los accidentes graves, aunque poco frecuentes, tienen consecuencias catastróficas e irreversibles. Chernóbil obligó a evacuar a más de 300.000 personas y dejó una zona de exclusión de 30 kilómetros que seguirá contaminada durante siglos. Fukushima, pese a producirse en un país con altos estándares técnicos, generó una nube radiactiva, contaminó el océano Pacífico y forzó el cierre de todos los reactores japoneses durante años. El coste total de aquel accidente se estima en más de 200.000 millones de euros.

El cambio climático añade nuevos riesgos. Muchas centrales nucleares se construyeron junto a ríos o en la costa para refrigerar el reactor; la subida del nivel del mar, las sequías prolongadas y las olas de calor pueden alterar las condiciones de seguridad. En Francia, varios reactores tuvieron que reducir potencia en verano por el calentamiento del agua de los ríos. En España, las piscinas de combustible gastado necesitan refrigeración continua: un fallo prolongado del suministro eléctrico, como ocurrió en Fukushima, podría desencadenar un accidente grave.

La probabilidad de un gran accidente es baja, pero no es cero. Algunos estudios independientes sitúan el riesgo de fusión del núcleo en un reactor moderno en una vez cada 10.000 o 100.000 años de operación; con cientos de reactores en el mundo, esa probabilidad acumulada no resulta despreciable. La cuestión no es solo si puede fallar, sino si estamos dispuestos a asumir las consecuencias.

La dependencia del uranio y el mito de la independencia energética

Otro argumento recurrente a favor de la nuclear es que reduce la dependencia energética exterior, pero no es del todo cierto. Europa no tiene minas de uranio significativas y depende de países como Kazajistán, Canadá, Australia, Namibia o Rusia para abastecerse. España importa el 100% del uranio que consume. Aunque el combustible nuclear es más fácil de almacenar que el gas, seguir atado a unos pocos productores no elimina la vulnerabilidad geopolítica; simplemente la cambia de combustible.

El enriquecimiento del uranio es otro cuello de botella. Rusia controla una parte relevante de la capacidad mundial de enriquecimiento, y las sanciones tras la invasión de Ucrania han obligado a varios países europeos a buscar proveedores alternativos con urgencia. Las renovables, en cambio, dependen de recursos autóctonos y de tecnologías que ya se fabrican a gran escala. El sol y el viento no se pueden cortar con un embargo.

Además, la energía nuclear no es renovable: el uranio es un recurso finito. Con la tecnología actual de reactores de agua ligera, las reservas conocidas de uranio a precios competitivos alcanzarían para unas pocas décadas si la nuclear se expandiera de forma significativa. La promesa de los reactores reproductores o la fusión nuclear lleva décadas sin materializarse y no puede justificar las decisiones presentes.

Sobre El Diario de la Energía 169 artículos

Artículos preparados por la redacción del diario.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*